lunes, 6 de septiembre de 2010

Odio la manera en que me siento ahora mismo. Sí. La frustración de estar encima de la cama, mirando fijamente una almohada imaginándome la cara y la forma del cuerpo del chico que me gustaría que estuviese allí. Me aferro a un sueño y abrazo a esa almohada con todas mis fuerzas, y por una fracción de segundo, creo que él me abraza. Odio la manera de comportarme con ese chico que toma forma de almohada por las noches. A ver, porqué si realmente me gusta, no me acerco a él, le miro a los ojos y le digo: TE QUIERO. O se lo grito. Sí, ¿por qué no? Que se entere todo el mundo. Sueño mil veces por noche con él. Otras mil durante el día. Maldita sea: le quiero. Pero he ahí la duda que acecha a mi pequeña mente retorcida. ¿Él me quiere? Nunca me lo ha dicho. Bueno sí, pero no con el sentimiento de un te quiero de esos románticos que te erizan el vello. Está bien. Sí, soy una niña tonta romántica que sigue creyendo en los príncipes azules y en los cuentos de hadas. Pero no soy tradicional, así que, prepárate, porque el día menos pensado, me planto delante de ti con el megáfono más potente que encuentre, te digo que te quiero, lo dejo en el suelo, y te beso. Ahí es cuando se te erizará el vello, mi príncipe azul. Entonces no odiaré la sensación de frustración que sufro cuando estoy delante de ti y no puedo abrir mi corazón.

Odio la manera en la que le sonrío.
Sé que con eso... con eso le digo todo.
Le digo que le quiero...
y le digo que le quiero a él de almohada
para una buena temporada.

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